Regresé inesperadamente de un viaje y la casa estaba completamente oscura, excepto el sótano, donde mi hijo lavaba una camisa manchada mientras temblaba. “Papá, puedo explicarlo”, dijo. Yo no discutí; guardé silencio y seguí las manchas hasta arriba. Diez minutos después encontré mi propio certificado de defunción y una transferencia de cientos de millones… pero el detalle más terrible estaba oculto en el teléfono de mi hijo.

Rodrigo colocó los documentos frente a mí.

—Papá, ya no tienes que cargar con todo esto. Firma y yo me haré responsable.

Leí algunas páginas.

No se trataba solamente de nombrarlo director.

Los documentos le otorgaban control sobre mis cuentas personales, propiedades y reservas internacionales.

Mientras yo seguía respirando, él ya estaba repartiéndose mi vida.

Tomé la pluma.

Rodrigo casi sonrió.

Pero antes de firmar la dejé sobre la mesa.

—Mañana.

Su expresión cambió.

—¿Por qué?

—Construí esta compañía desde un camión viejo. Si voy a entregársela a mi único hijo, quiero hacerlo frente al consejo de administración.

Su ego pudo más que su prudencia.

Aceptó.

Esa misma noche, el equipo de Valeria logró recuperar el cuerpo de la cantera.

Gabriel me envió la identificación encontrada entre las pertenencias del muerto.

Tuve que leer el nombre tres veces.

Sebastián Salgado.

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