Me acerqué.
Era un acta de defunción.
Mi acta de defunción.
Junto a ella había una solicitud para cobrar un seguro de vida por cientos de millones de pesos.
Teresa dejó caer la copa.
Durante un segundo vi terror puro en su rostro.
Después corrió hacia mí.
—¡Alejandro! ¡Estás vivo!
Me abrazó llorando y aseguró que la policía de Nuevo León le había informado que la camioneta que yo supuestamente conducía había caído por un barranco y se había incendiado.
Camila explicó que el dinero sobre la cama había sido retirado para “proteger a la empresa”.
Todo sonaba preparado.
Demasiado preparado.
Pregunté por Rodrigo y por la camisa.
Teresa ni siquiera dudó.
—Fue a cazar. Se manchó con sangre de un venado. Está destrozado por lo que creyó que te había pasado.
La abracé.
Incluso fingí temblar.