Y entre ambos estaba Mateo, el niño que durante seis años me habían dicho que era mi hijo.
Sentí frío.
Mateo tenía los mismos ojos oscuros de Valeria, la misma nariz recta y hasta esa pequeña curva en el labio cuando estaba molesto.
Yo siempre había creído que simplemente había heredado rasgos de la familia Alcázar.
Ahora, por primera vez, podía verlo.
Mauricio apareció corriendo.
—¡Mateo!
Pasó junto a mí sin siquiera agacharse.
Cargó al niño y revisó sus brazos.
—¿Te lastimaste, campeón?
Yo seguía tirada en el piso.
—Mauricio…
Se volvió.
Por primera vez en siete años vi el rostro del hombre cuya voz había sido todo mi mundo.
Y no encontré preocupación.
Encontré miedo.
—¿Mateo es realmente mi hijo?
Se quedó inmóvil.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Me empujó. Nunca permite que lo abrace. Cuando estamos solos ni siquiera me dice mamá.