Mateo escondió el rostro contra su pecho.
Mauricio apretó la mandíbula.
—Te golpeaste la cabeza. Estás confundida.
Entonces Mateo murmuró, creyendo que yo no podía verlo:
—Ella empezó.
Mauricio le acarició el cabello.
No me defendió.
—Voy a llevarlo a su cuarto. Tú descansa y deja de inventar cosas.
Lo observé subir.
Y Mateo giró la cabeza sobre su hombro para mirarme.
No parecía asustado.
Parecía un niño al que alguien le había enseñado a despreciarme.
Me encerré en mi habitación y marqué un número que apareció de pronto en mi memoria.
Contestaron al tercer tono.
—¿Bueno?
Se me cortó la respiración.
—Papá.
Silencio.
Después escuché llorar a un hombre.
Durante siete años Mauricio me había dicho que mis padres habían muerto antes de mi accidente.
Que yo era huérfana.
Que él me había rescatado cuando nadie más quiso hacerse cargo de una mujer ciega y sin memoria.