Salvé a un lobezno envenenado y dejé que su enorme madre durmiera en mi catre; cuando un desconocido intentó arrebatármelo, descubrí que había regañado al Rey Alfa y que alguien en su palacio necesitaba que su hijo no sobreviviera

Abrí.

Darío estaba afuera con el niño dormido contra su hombro y una olla entre las manos.

—Leonor dijo que llevas todo el día trabajando. Trajimos cena.

Los dejé pasar.

Nicolás abrió los ojos y me tendió los brazos.

Lo recibí.

Detrás de nosotros, Darío cerró la puerta y fue a buscar platos sin preguntar dónde estaban.

Miré al niño, tibio y pesado contra mí, tan distinto de aquella pequeña vida que se apagaba en el lodo.

—Hola, Chícharo.

Sonrió y apoyó la cabeza en mi hombro.

Esta vez yo no tenía fiebre.

Sabía quiénes eran.

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