Después me puse seria.
—¿Por qué no me dijiste quién eras cuando empezaste a venir como hombre?
Miró a su hijo.
—Al principio tuve miedo de que te asustaras y nos echaras. Después me gustó que me regañaras sin calcular lo que podías pedirme.
Asentí.
—Eso debiste confiarme decidirlo a mí.
—Sí.
No intentó discutirlo.
Con el tiempo, aquellas respuestas sencillas empezaron a importarme más que sus títulos.
Nos acercamos sin promesas de destino ni órdenes de vínculo.
A veces tomábamos café.
A veces discutíamos.
Cuando me besó por primera vez, meses después, me preguntó antes.
Yo dije que sí.
El invierno siguiente lo pasé en una casa cercana al centro veterinario, con ventanas que cerraban bien y espacio para recibir animales.
Nicolás venía por las tardes con su padre.
Una noche de nieve, escuché un rasguño conocido.