Sin embargo, sentí una punzada cálida, un olor dulce que no reconocí y una corriente de energía que me dejó sin fuerzas.
El cachorro empezó a succionar.
No sé cuánto duró.
Cuando pude mirarlo de nuevo, respiraba con menos esfuerzo.
Mucho después me explicarían que aquello pertenecía a una antigua capacidad sanadora de nuestro linaje: una secreción mágica que las lobas podían producir para sostener a una cría en peligro.
Aquella noche no conocía ni el nombre.
Solo sabía que el pequeño ya no se estaba enfriando.
Lo llamé Chícharo.
Entonces rasparon la puerta.
Afuera había un lobo negro enorme.
Sus ojos dorados bajaron hasta el cachorro. No enseñó los colmillos. Dio un paso y esperó.
Yo estaba demasiado enferma para formular una pregunta sensata.
—Debes de ser su mamá.
Entró cuando me aparté.
Dio una vuelta alrededor del catre, olfateó a Chícharo y se acostó junto a nosotros.