—¿Recuerdas el ejercicio del corredor norte? —pregunté a Esteban.
Lo recordó enseguida.
Habíamos trabajado un escenario donde un piloto civil se confundía al recibir demasiadas referencias al mismo tiempo.
Sugerí comprobar si podían hacer más clara la señal visual y darle espacio para reconocerla, conforme a los procedimientos que ellos ya estaban aplicando.
Lince lo comentó con su jefe de formación.
Yo escuché sin intervenir.
Las decisiones seguían siendo suyas.
El capitán de nuestro avión mantenía su rumbo autorizado y confirmaba las instrucciones de los controladores. En aquella cabina cada persona tenía una tarea concreta.
La mía era pequeña.
Y, sin embargo, sentía el corazón golpeándome como en mi primer vuelo de evaluación.
Uno de los aviones militares cambió de posición.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
La avioneta siguió avanzando con aquella indecisión que, vista desde lejos, parecía casi frágil.