Se burlaron de mí por viajar sola y creyeron que me asustaba volar, hasta que dos aviones militares aparecieron junto al nuestro y el capitán preguntó por la pasajera del asiento 7A usando un nombre que yo había dejado atrás

—Yo tampoco.

Hubo una breve pausa. Después su voz volvió al tono de trabajo.

Describió cambios leves de altura, una desviación constante y una respuesta incompleta a las señales.

Pregunté qué habían conseguido observar de la cabina.

No podían confirmar que el piloto los estuviera viendo.

Miré al comandante.

—Lo que alcancé a observar no parecía una maniobra para escapar. Derivaba y corregía tarde.

Lince coincidió.

Nadie estaba afirmando que hubiera una intención hostil, pero la falta de respuesta y la proximidad a otras rutas exigían resolver la situación.

Aquello me resultaba familiar.

Durante los ejercicios habíamos insistido muchas veces en la diferencia entre describir una conducta y atribuirle una intención.

Una aeronave que no responde puede llevar dentro a alguien que desafía instrucciones.

También puede llevar a una persona enferma, desorientada o tan asustada que ha dejado de procesar lo que ve.

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