—Yo tampoco.
Hubo una breve pausa. Después su voz volvió al tono de trabajo.
Describió cambios leves de altura, una desviación constante y una respuesta incompleta a las señales.
Pregunté qué habían conseguido observar de la cabina.
No podían confirmar que el piloto los estuviera viendo.
Miré al comandante.
—Lo que alcancé a observar no parecía una maniobra para escapar. Derivaba y corregía tarde.
Lince coincidió.
Nadie estaba afirmando que hubiera una intención hostil, pero la falta de respuesta y la proximidad a otras rutas exigían resolver la situación.
Aquello me resultaba familiar.
Durante los ejercicios habíamos insistido muchas veces en la diferencia entre describir una conducta y atribuirle una intención.
Una aeronave que no responde puede llevar dentro a alguien que desafía instrucciones.
También puede llevar a una persona enferma, desorientada o tan asustada que ha dejado de procesar lo que ve.