Yo acomodé la bolsa bajo el asiento.
Antes, una provocación así me habría dejado pensando durante horas en lo que debía haber contestado.
Aquella mañana solo estaba cansada.
Tres años antes había dejado la Fuerza Aérea.
Había sido teniente y piloto, asignada durante una etapa a ejercicios de entrenamiento donde representábamos al adversario para que otras tripulaciones aprendieran a reconocer errores.
Mi indicativo era Bruma.
Me lo pusieron después de un ejercicio en el que conseguí entrar y salir del campo visual de dos instructores hasta hacerlos perder la paciencia.
Uno dijo que volar conmigo era como perseguir algo dentro de una nube.
El nombre se quedó.
La muchacha callada que parecía perdida en el aeropuerto había pasado centenares de horas tomando decisiones dentro de una cabina.
Sin embargo, hacía mucho que prefería hablar de mi trabajo actual: revisión de sistemas para una empresa de logística.