Se burlaron de mí por viajar sola y creyeron que me asustaba volar, hasta que dos aviones militares aparecieron junto al nuestro y el capitán preguntó por la pasajera del asiento 7A usando un nombre que yo había dejado atrás

Nada más.

Guardé los audífonos.

Minutos después hicimos un viraje más marcado. Se encendió la señal de cinturones y las sobrecargos aseguraron los carritos.

El hombre del 7B se inclinó hacia mí.

—¿Eso fue normal?

—Están cambiando de rumbo.

No pareció gustarle que no añadiera una explicación tranquilizadora.

Entonces los vi.

Dos aeronaves grises aparecieron a cierta distancia, desplazándose en paralelo antes de separarse.

Conocía aquella silueta.

Eran aviones militares.

Alguien gritó desde otra fila.

En segundos, los celulares cubrieron las ventanillas. Una señora comenzó a rezar. Un niño preguntó si nos estaban persiguiendo.

Los muchachos dejaron de reír.

El capitán pidió que permaneciéramos sentados. Había una situación con otra aeronave y nosotros seguiríamos instrucciones del control de tránsito aéreo.

Miré hacia adelante.

Muy lejos, más abajo, distinguí una avioneta blanca.

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