Se burlaron de mí por viajar sola y creyeron que me asustaba volar, hasta que dos aviones militares aparecieron junto al nuestro y el capitán preguntó por la pasajera del asiento 7A usando un nombre que yo había dejado atrás

Su trayectoria no parecía estable.

Sentí que mi cuerpo reconocía el problema antes de que yo terminara de nombrarlo.

La sobrecargo pasó junto a nosotros. Llevaba la boca apretada.

Le hice una seña.

—Fui piloto militar —le dije en voz baja—. Si el capitán necesita información sobre lo que estoy viendo, puede decírselo.

Me pidió mi nombre.

Regresó unos minutos después.

Ya no traía la misma expresión.

Se inclinó junto a mi asiento.

—El capitán quiere hablar con usted. Uno de los pilotos de la escolta preguntó si Natalia Serrano es Bruma.

El hombre del 7B dejó de grabar.

Detrás de mí, alguien murmuró mi nombre.

La sobrecargo esperó mi respuesta.

Yo miré otra vez la avioneta.

El nombre que llevaba tres años evitando acababa de encontrarme a miles de metros del suelo.

—Sí —contesté—. Soy yo.

La sobrecargo soltó el aire.

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