PARTE 1
—¡Saca esos bollos del bolso, mamá! ¡Nos estás dejando en ridículo delante de todo el mundo!
El grito de Beatriz hizo que las conversaciones se apagaran en el elegante comedor de una finca a las afueras de Zaragoza.
Carmen, de 78 años, permaneció inmóvil junto a la mesa de los aperitivos. Tenía 2 bollos pequeños envueltos en una servilleta y las manos le temblaban tanto que apenas consiguió cerrar su bolso.
—Son para tu padre, hija. Por si esta noche tiene hambre…
—¡Aquí sobra comida! —la interrumpió Beatriz, arrancándole la servilleta—. Parece que vivieras de la caridad.
Algunos invitados desviaron la mirada. Otros fingieron interesarse por las copas de vino.
Desde el otro extremo del salón, Álvaro observó la escena sin comprender lo que estaba viendo.
Había regresado de Bruselas aquella misma mañana para celebrar el aniversario de su empresa familiar de distribución. La fiesta, organizada por sus hermanos, debía ser una sorpresa para sus padres.