Pero su padre no estaba allí.
Y su madre acababa de ser humillada delante de 60 invitados.
Álvaro se acercó y abrazó a Carmen. Al hacerlo, descubrió que llevaba un vestido antiguo, con el cuello cuidadosamente remendado. Sus zapatos estaban desgastados y tenía las manos ásperas, con pequeñas grietas alrededor de los dedos.
Aquello no tenía sentido.
Desde hacía 2 años, Álvaro transfería 4.500 euros mensuales para garantizar que sus padres vivieran cómodamente.
Su padre, Joaquín, había sufrido un ictus que le dejó importantes dificultades para caminar. Según su hermano mayor, Ricardo, recibía rehabilitación en una residencia privada cerca de Huesca.
Beatriz se encargaba de comprar ropa, medicamentos y todo cuanto necesitaran.
Al menos, eso era lo que Álvaro creía.
—Mamá, ¿por qué llevas esos zapatos? —preguntó discretamente.
Carmen bajó la mirada.
—Son cómodos, hijo.
—Te envié dinero para comprarte otros.