Seguí a mi madre después de verla esconder 2 bollos en mi fiesta y descubrí que vivía en una casa ruinosa, mientras mis hermanos disfrutaban de los 4.500 euros que yo enviaba cada mes. «¡Saca esos bollos del bolso, mamá, nos estás dejando en ridículo!», le había gritado mi hermana. Sin decir una palabra, llamé a mi abogada. Entonces mi padre me mostró una carta con mi firma que jamás había escrito.

La ferretería, incapaz de sostener todos sus compromisos, redujo su actividad. Algunos trabajadores pudieron continuar mediante una reorganización, mientras otros tuvieron que buscar nuevos empleos.

Álvaro ayudó a estudiar una solución para los puestos que todavía podían mantenerse, pero estableció una condición innegociable: la vivienda y los ahorros de sus padres no se utilizarían para cubrir las deudas del negocio.

Carmen y Joaquín recuperaron el control de sus cuentas.

Decidieron no regresar inmediatamente a la antigua casa, porque los recuerdos de aquellos meses les resultaban demasiado dolorosos.

Eligieron alquilar un apartamento accesible, cerca de un parque de Zaragoza.

Tenía ventanas grandes, un ascensor amplio y una pequeña terraza donde Carmen podía colocar sus macetas.

Álvaro contrató la asistencia que sus padres aceptaron y organizó la rehabilitación de Joaquín.

Al principio, los avances fueron pequeños.

Con ayuda de una fisioterapeuta, Joaquín consiguió mantenerse de pie durante unos segundos.

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