La ferretería, incapaz de sostener todos sus compromisos, redujo su actividad. Algunos trabajadores pudieron continuar mediante una reorganización, mientras otros tuvieron que buscar nuevos empleos.
Álvaro ayudó a estudiar una solución para los puestos que todavía podían mantenerse, pero estableció una condición innegociable: la vivienda y los ahorros de sus padres no se utilizarían para cubrir las deudas del negocio.
Carmen y Joaquín recuperaron el control de sus cuentas.
Decidieron no regresar inmediatamente a la antigua casa, porque los recuerdos de aquellos meses les resultaban demasiado dolorosos.
Eligieron alquilar un apartamento accesible, cerca de un parque de Zaragoza.
Tenía ventanas grandes, un ascensor amplio y una pequeña terraza donde Carmen podía colocar sus macetas.
Álvaro contrató la asistencia que sus padres aceptaron y organizó la rehabilitación de Joaquín.
Al principio, los avances fueron pequeños.
Con ayuda de una fisioterapeuta, Joaquín consiguió mantenerse de pie durante unos segundos.