Y aquellos 2 bollos, que una noche habían sido símbolo de vergüenza y abandono, terminaron convirtiéndose en el recuerdo más poderoso de lo que Carmen y Joaquín jamás debieron perder: el derecho a envejecer con dignidad, amor y paz.
Seguí a mi madre después de verla esconder 2 bollos en mi fiesta y descubrí que vivía en una casa ruinosa, mientras mis hermanos disfrutaban de los 4.500 euros que yo enviaba cada mes. «¡Saca esos bollos del bolso, mamá, nos estás dejando en ridículo!», le había gritado mi hermana. Sin decir una palabra, llamé a mi abogada. Entonces mi padre me mostró una carta con mi firma que jamás había escrito.