Me llamo Margaret. Tengo 65 años y mi esposo, Robert, tiene 68.
Llevamos 42 años casados. Tenemos dos hijos, cuatro nietos, una casa pequeña y miles de recuerdos que habría dado mi vida por proteger.
Jamás imaginé que, a nuestra edad, alguien pudiera meterse en nuestra familia y destruir con una sola fotografía todo lo que habíamos construido durante décadas.
Todo comenzó un martes por la mañana.
Estaba preparando el desayuno cuando recibí un mensaje en mi teléfono de un número desconocido.
Lo abrí y vi una fotografía.
Mi esposo estaba sentado en un sofá marrón. A su lado había una mujer de cabello rubio y corto, con gafas negras. Ambos sonreían a la cámara y la mano de aquella mujer descansaba tranquilamente sobre la rodilla de Robert.
Debajo de la fotografía había un mensaje.