Un mes después llegaron los escarabajos de Colorado. Una tarde, Elena encontró a su esposo inclinado entre los surcos, agotado, preguntando cómo se lidiaba con esas plagas. Ella le explicó que los recogía casi a diario, sola, como había hecho durante años. Marian no se disculpó esa noche, y Elena lo prefirió así: no quería excusas dictadas por un dolor de espalda pasajero, quería que realmente comprendiera.
La visita de Doina y el reclamo esperado
A principios de agosto, Doina llegó al patio y miró decepcionada las hileras de papas. «¿Solo eso plantaste?», preguntó. Le explicó que no había comprado nada para el invierno porque contaba con ellos. Cuando reparó en Elena tomando café en la terraza, la increpó por no haber ayudado en absoluto.
Fue entonces cuando Marian, apoyado en la azada, dijo algo inesperado: cuando su hermana le preguntó si le parecía normal lo que hacía su esposa, él respondió: «Empieza a parecerme normal.» Doina se fue furiosa.
La cosecha y la ruptura del ciclo
En septiembre, Marian trabajó dos días para desenterrar las papas. El resultado fue mucho menor que en años anteriores: apenas unos cuantos sacos. El domingo llegó Doina con Nicu, dispuesta a abrir el maletero como siempre.
Marian le ofreció dos sacos. Doina no lo podía creer: acostumbraba llevarse ocho o diez. Abrió uno, tomó una papa y se quejó de que eran pequeñas. Fue exactamente la misma frase que Elena había escuchado durante años, pero esta vez dirigida al hombre que había trabajado la tierra.
Marian la miró y, por primera vez, pareció escuchar de verdad esas palabras. Le respondió a su hermana que el próximo año no le daría ni siquiera esos dos sacos, que si quería papas, las plantara ella misma en el terreno de Nicu. Doina lo acusó de haberse puesto en contra de su familia por culpa de Elena. Él respondió con claridad: «No. Ella solo dejó de trabajar para ustedes. Y yo tuve que trabajar para entenderlo.»
Doina cerró el maletero con violencia y se marchó sin llevarse nada. Marian no corrió tras ella.
La primavera siguiente: una nueva forma de vivir
Esa noche, sentados en la terraza rodeados por las flores que Elena había defendido, Marian le preguntó por qué no había hablado con más fuerza antes. Ella respondió que sí lo había hecho. Él bajó la mirada y asintió. No hubo discurso, no era necesario.