En la primavera siguiente, Marian no compró tres sacos de papas para plantar. Sembraron solo unas pocas hileras, para ellos. Un día trajo un pequeño arbusto de lila y lo plantó junto a la cerca, guiado por Elena desde la terraza. Cuando le preguntó en broma si no venía a ayudarlo, ella levantó su taza de café y le dijo que no. Él sonrió.
Después de siete años, era la primera primavera en que Elena podía ver a alguien más usando la pala sin sentir que debía levantarse. Y esa, quizás, fue la cosecha más valiosa de todas.