—Sí.
—Falta el vehículo de Marte.
—Entonces tendremos que terminarlo.
A partir de ahí empezó a aparecer.
No con grandes discursos.
Con constancia.
Primero llevó a Mateo a su revisión médica.
Después fue a su primer día de primaria. Se quedó discretamente junto a la reja de la escuela hasta que Mateo lo encontró entre los padres y le hizo una seña con la mano.
Al terminar las clases caminaron juntos de regreso.
A pocos metros del edificio, Mateo se detuvo.
—¿Te puedo preguntar algo?
—Claro.
—¿Tú eres mi papá de verdad?
Mariana se quedó inmóvil.
Alejandro se agachó hasta quedar a su altura.
—Sí.
Mateo permaneció callado.
Luego preguntó lo que ambos temían.
—Entonces, ¿dónde estabas?
Alejandro pudo haberle hablado de Teresa, del teléfono escondido, del mensaje falso y de ocho años de manipulación.
Pero aquellas eran culpas de adultos.