—No sabía que existías —respondió—. Si lo hubiera sabido, habría venido.
Mateo miró sus zapatos.
Pensó unos segundos.
—Bueno. Entonces ven ahora.
—¿Qué?
—Todavía falta construir el vehículo de Marte.
Alejandro tuvo que mirar hacia otro lado para que su hijo no notara que estaba llorando.
Durante las siguientes semanas, estableció una rutina.
Martes y jueves recogía a Mateo de la escuela porque Mariana salía tarde de la clínica.
Los sábados llegaba después del mediodía.
Algunas noches llamaba solo para escuchar al niño explicarle por qué Plutón ya no era considerado planeta.
Doña Elena fue suavizándose poco a poco.
Al principio apenas lo saludaba.
Después empezó a poner una tercera taza de café de olla sobre la mesa.
Finalmente, una tarde le preguntó:
—¿Ya comiste?
Alejandro entendió que aquello equivalía casi a una bienvenida oficial.