Mariana era distinta.
Con ella todo avanzaba lentamente.
Hablaban sobre horarios, tareas y la escuela. Pero cuando Alejandro intentaba mencionar el pasado, ella encontraba algo que acomodar en la cocina.
Una noche se quedó hasta tarde porque Mateo se negó a dormir antes de terminar el vehículo de Marte.
Cuando el niño se quedó dormido en la alfombra, Alejandro lo llevó a su cama.
Mariana estaba sola en la cocina.
—Siéntate —dijo ella.
Alejandro obedeció.
—Mateo te espera —murmuró Mariana—. Los martes empieza a preguntar desde las tres a qué hora vas a llegar.
—Eso es bueno, ¿no?
—Es aterrador.
—¿Por qué?
Mariana levantó la mirada.
—Porque puedes dejar de venir.
Alejandro no respondió.
—Tienes tu empresa, viajes, otra vida. Puedes conocer a alguien. Tu mamá puede volver a meterse. Cualquier día él puede quedarse sentado junto a la ventana esperándote.
—No voy a desaparecer.