Solo aparté la mirada unos segundos y mi hijo ya estaba en el suelo de una tienda de lujo, junto a un florero de 185 mil pesos hecho pedazos. “No llamen a la policía”, ordenó un hombre desde la puerta. Al reconocerlo después de ocho años, abracé a mi hijo y guardé silencio… porque él aún no sabía que una carta, un teléfono escondido y una mentira familiar estaban a punto de destruir todo lo que creía cierto.

Mariana era distinta.

Con ella todo avanzaba lentamente.

Hablaban sobre horarios, tareas y la escuela. Pero cuando Alejandro intentaba mencionar el pasado, ella encontraba algo que acomodar en la cocina.

Una noche se quedó hasta tarde porque Mateo se negó a dormir antes de terminar el vehículo de Marte.

Cuando el niño se quedó dormido en la alfombra, Alejandro lo llevó a su cama.

Mariana estaba sola en la cocina.

—Siéntate —dijo ella.

Alejandro obedeció.

—Mateo te espera —murmuró Mariana—. Los martes empieza a preguntar desde las tres a qué hora vas a llegar.

—Eso es bueno, ¿no?

—Es aterrador.

—¿Por qué?

Mariana levantó la mirada.

—Porque puedes dejar de venir.

Alejandro no respondió.

—Tienes tu empresa, viajes, otra vida. Puedes conocer a alguien. Tu mamá puede volver a meterse. Cualquier día él puede quedarse sentado junto a la ventana esperándote.

—No voy a desaparecer.

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