Alejandro la miró como si estuviera viendo a una desconocida.
—¿Qué diferencia hacía?
Su madre intentó justificarse.
—Eras joven. Ella no pertenecía a nuestro ambiente.
—Ese niño podría ser tu nieto.
Teresa apartó la mirada.
Y Alejandro comprendió algo todavía peor.
No había sido un malentendido.
Su madre nunca había querido conocer la verdad.
Subió al estudio que había pertenecido a su padre y empezó a abrir cajones.
En el último encontró un viejo teléfono rosa con una esquina quebrada.
Alejandro lo reconoció inmediatamente.
El celular de Mariana.
El que supuestamente ella se había llevado cuando lo abandonó.
Bajó las escaleras sosteniéndolo en la mano.
Teresa palideció.
—¿También escribiste el mensaje?
—Alejandro, escúchame…
—¿Escribiste ese mensaje desde su teléfono?
Su madre guardó silencio.
—¿Ordenaste a la secretaria que no me comunicara sus llamadas?
—Quería darte tiempo para olvidarla.