—¿Y sus cartas?
Teresa apretó los labios.
—No necesitabas leerlas.
Alejandro sintió una presión brutal en el pecho.
—Durante ocho años me dijiste que ella me había engañado.
—Creí que después lo entenderías.
—No. Durante ocho años hiciste que odiara a una mujer que estaba embarazada de mi hijo.
—Ni siquiera sabes si ese niño es tuyo.
Alejandro caminó hacia la puerta.
—Lo voy a averiguar.
—¡Alejandro!
Él se detuvo.
—Pero hay algo que ya sé. Mariana sobrevivió sin pedirme un solo peso. Mientras yo creía que me había traicionado, ella trabajó y crió sola a ese niño. Así que no vuelvas a decir que regresó por mi dinero.
A la mañana siguiente se reunió con Mariana en una banca del pequeño parque frente a su edificio.
Le devolvió el viejo celular.
Mariana pasó los dedos sobre la esquina rota y cerró los ojos por un instante.