La dueña se llamaba Mariana.
Era madre de un niño y casi siempre estaba detrás del mostrador acomodando vasos, limpiando mesas o llevando cuentas.Nos tratábamos con educación, aunque nunca habíamos hablado demasiado.
Ese día me miró y frunció el ceño.
—¿Está todo bien?
Quise responder que sí.
No pude.
—Mi compañero está en la clínica.
Mariana miró hacia la calle.
—¿Bruno?
Asentí.
—Está grave.
No dije más.
Pagué el café y salí.
Me senté en la patrulla.
El espacio donde normalmente viajaba Bruno estaba vacío.
Nunca me había parecido tan grande.
Al día siguiente regresé a la cafetería.
Entré pensando únicamente en conseguir café y volver a la clínica.
Entonces vi el mostrador.
Habían colocado un frasco transparente.
Tenía billetes de veinte, cincuenta, cien y doscientos pesos.
Junto al frasco había un dibujo hecho con colores.