Era un perro pastor alemán.
Debajo se leía, con letras torcidas de niño:
“PARA BRUNO. ÉL TAMBIÉN ES DE TODOS NOSOTROS.”
Me quedé inmóvil.
Mariana fingió estar acomodando unas cosas.
—Mi hijo hizo eldibujo —dijo finalmente—. Siempre corre a la ventana cuando pasan ustedes cerca de su escuela.
Miré otra vez el frasco.
Había más dinero del que esperaba.
—Mariana…
—No tienes que decir nada.
—Yo no pedí esto.
—Ya sé.
Entonces levantó los ojos.
—Pero tampoco tienes que hacerlo todo solo.
Salí de la cafetería.
Me senté otra vez dentro de la patrulla con el vaso entre las manos.
Intenté beber.
No pude.
Las manos me temblaban demasiado.
Apoyé la frente sobre el volante.
Y lloré.
No recuerdo haber llorado así desde que era niño.
Después descubrí que Mariana había publicado la historia de Bruno en una página comunitaria.