Sus compañeros prepararon una cita para humillarlo, pero terminaron viendo cómo su cruel broma cambiaba dos vidas para siempre.
Alejandro levantó la mirada del menú y notó que Daniela apenas había tocado el vaso de agua frente a ella.
Tenía las manos juntas sobre las piernas y evitaba mirarlo directamente. Cada pocos segundos, sus ojos se desviaban hacia una mesa al otro lado del restaurante, donde tres hombres fingían estar hablando mientras uno mantenía el teléfono discretamente levantado.
—¿Estás bien? —preguntó Alejandro.
Daniela respiró hondo.
—Sí. Solo estoy un poco nerviosa.
Pero no era solo nerviosismo.
Algo estaba mal.
Alejandro también había reconocido a los tres hombres. Trabajaban con él.
Y de pronto comenzó a entender por qué habían insistido tanto en organizar aquella cita.
Alejandro Ramírez tenía 34 años y vivía con su hija Camila, de siete, en un departamento sencillo de Querétaro.