El día que se llevó las últimas cajas, lloré. Él también estaba emocionado. Por un momento parecía que estábamos terminando una relación que ninguno quería terminar.
Pero esa misma noche me llamó.
-¿Mañana desayunamos juntos?
Le dije que sí.
De eso hace nueve meses. Seguimos juntos. Cada uno tiene la llave de la casa del otro. Pasamos noches juntos y hay semanas en que prácticamente no nos separamos. Pero también tenemos nuestras camas, nuestros armarios y nuestras mañanas en silencio.
Hace poco Ernesto volvió a decir la frase con la que empezó todo: «A nuestra edad no tiene sentido mantener dos casas». Y luego se rió.
-Aunque a lo mejor sí.
Yo también me reí.
A los veinte años habría pensado que querer a alguien era querer compartirlo todo. A los 72 he descubierto que puedo querer muchísimo a una persona y, aun así, necesitar algunas noches cerrar la puerta de mi casa sabiendo que detrás solo estoy yo.