Una noche se lo expliqué como mejor supe. Durante casi cuarenta años había compartido mi vida con Paco. Había sido esposa, madre y la persona que sabía qué necesitaba cada uno en casa. Perderlo me hizo sufrir muchísimo, pero con los años había descubierto una independencia que nunca antes había tenido. Y no quería perderla ahora solo porque me había vuelto a enamorar.
Ernesto se quedó callado. Luego me confesó que él también echaba de menos cosas de su antigua casa: escuchar la radio en la cama, cenar cualquier cosa o invitar a un amigo sin pensar si a mí me molestaría.
Nos miramos y casi nos entró la risa. Los dos estábamos intentando demostrar que lo nuestro iba en serio viviendo de una manera que ninguno de los dos necesitaba de verdad.
Ernesto encontró otro piso a quince minutos andando del mío.