Me llamo Maite, vivo en Cádiz y estuve treinta y nueve años casada con Paco. Cuando murió, yo tenía 63. Los primeros meses fueron muy duros. Durante mucho tiempo seguí poniendo dos vasos en la mesa, y alguna vez hasta le compré su yogur favorito sin darme cuenta. Luego, poco a poco, la casa se fue convirtiendo en otro sitio. Ni mejor ni peor: sencillamente mío.
Aprendí a vivir sola. Los lunes hacía la compra, los miércoles quedaba con mi hermana y los viernes solía tomar café con dos antiguas compañeras de trabajo. Si me apetecía comer a las tres, comía a las tres. Unas noches me hacía una ensalada y otras una tortilla a las diez. Nadie me preguntaba qué había de cena ni a qué hora pensaba volver.
Cuando conocí a Ernesto, yo ya estaba hecha a esa vida.