Fue en una comida que organizaron unos amigos. Él tenía 74 años, estaba divorciado y llevaba mucho tiempo viviendo solo. Nada de flechazos. Nos sentaron juntos, hablamos, nos reímos y, al despedirnos, me pidió el teléfono.
Lo nuestro empezó con mucha calma. Un café, un paseo por el puerto, una comida. Luego empezamos a pasar noches juntos, unas veces en mi casa y otras en su piso. Si alguno tenía planes, no pasaba nada: nos llamábamos al día siguiente. Y eso, precisamente, era lo que más me gustaba.
Al cumplir un año, Ernesto empezó a hablar de vivir juntos. Su piso era de alquiler y el mío era mío, así que parecía absurdo seguir pagando dos viviendas.
-A nuestra edad no tiene sentido mantener dos casas -me dijo.
Y yo pensé lo mismo.
Mis hijos se alegraron; mi hijo hasta bromeó con que por fin iba a dejar de llamarme para ver si estaba bien. Así que Ernesto dejó su piso y se trajo sus cosas.