Lo había creído todo.
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El accidente.
La supuesta pérdida de sangre.
La cirugía.
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La llamada de madrugada.
Y, sobre todo, la idea de que Diego podía morir si ella no hacía algo inmediatamente.
Pero ahora lo veía recostado en una habitación VIP, tomando café y riéndose con sus amigos como si aquella madrugada hubiera sido una broma privada.
Valeria no entró.
No preguntó nada.
Ni siquiera dejó que ellos supieran que había escuchado.
Se quedó unos segundos observando la puerta entreabierta y después bajó la mirada hacia el moretón que empezaba a aparecer alrededor de la venda.
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Tres años de relación acababan de adquirir un significado distinto.
Y todavía faltaba descubrir por qué habían llevado aquella mentira tan lejos.
A las 2:17 de la madrugada, Bruno había llamado llorando.
Le dijo que Diego había sufrido un accidente mientras manejaba un auto deportivo en una pista privada cerca de Querétaro.