Parecía un sistema.
A la mañana siguiente
Diego escribió a las 7:13.
“Tenemos que hablar solos.”
Le respondí veinte minutos después.
“Podemos hablar. Renata se queda conmigo y Paula estará en la casa.”
Contestó casi de inmediato.
Advertisement
“Esto es entre tú y yo.”
No discutí.
“Entonces no vengas.”
Pasaron once minutos.
“Está bien.”
Llegó poco antes del mediodía.
Paula estaba en la sala con Renata.
Yo me senté en la mesa donde la noche anterior había quedado su llave.
La llave ya no estaba ahí.
La había guardado yo.
Diego entró sin besarme, sin preguntar primero por la niña y sin las margaritas que tantas veces habían servido para cerrar conversaciones incómodas.
—Esto se salió de control —dijo.
—No. Apenas dejó de estar bajo tu control.
Se sentó frente a mí.
—Lo de Daniela estuvo mal.
—Sí.
—No planeé que pasara así.
—Tampoco te pregunté cómo planeabas que me enterara.
Mariana, llevamos meses mal.
—Tú llevas meses diciendo que estamos mal. Yo llevaba meses creyendo que estábamos cansados por tener una recién nacida.
—No puedes decir que no había problemas.
—Nunca dije eso.
Lo miré directamente.
—Ahora explícame los 190,000 pesos.
Su espalda se tensó.
Por primera vez desde que había entrado, dejó de tener una respuesta lista.
—¿Qué 190,000?
Ahí supe que debía seguir haciendo preguntas cortas.
No discursos.
No acusaciones que pudiera convertir en una discusión sobre mi tono.
Abrí el archivo en la tableta y la giré hacia él.
—Estos.
Diego no tocó la pantalla.
—Estás revisando cosas privadas.
—Son movimientos de cuentas a las que tengo acceso.
—No entiendes cómo manejo el dinero.
—Explícamelo.
—Son ahorros.
—¿Por qué los moviste?
—Porque necesitaba protegerme.
La palabra me atravesó.
—¿Protegerte de qué?
Diego miró hacia la sala, como si le molestara recordar que Paula estaba
De una separación complicada.
—Una separación que yo ni siquiera sabía que habías decidido.
—Sabías que las cosas estaban mal.
—No cambies la pregunta. ¿Por qué moviste dinero sin decírmelo?
Se frotó la frente.
—Porque sabía que ibas a reaccionar exactamente así.
Casi me reí.
No porque tuviera gracia.
Porque esa respuesta terminaba de explicar la lógica que había usado durante meses: cualquier reacción mía podía convertirse después en la justificación de algo que él ya había hecho.