Si preguntaba dónde estaba, era controladora.
Si quería que cargara a su hija, exigía demasiado.
Si su madre preguntaba por mí, yo estaba deprimida.
Si descubría movimientos de dinero, mi reacción justificaba haberlos ocultado.
—¿Daniela sabía de ese dinero? —pregunté.
Diego levantó la cabeza de golpe.
Ahí estaba la respuesta antes de que hablara.
—¿Hablaste con ella?
—Sí.
—No tenías derecho.
—Ella me escribió.
Se quedó inmóvil unos segundos.
La solicitud de divorcio.
Su mandíbula se apretó.
—Eso no significa que el proceso estuviera terminado.
—Nunca dije que estuviera terminado. Dije que lo preparaste hace tres meses sin decírmelo.
—Iba a hablar contigo.
—¿Cuándo?
No respondió.
—¿Antes o después de mover los 190,000?
—Mariana…
—¿Antes o después de decirle a tus padres que yo estaba deprimida?
—Basta.
—¿Antes o después de prometerle a Daniela una vida contigo?
Golpeó la mesa con la palma, no con fuerza suficiente para moverla, pero sí para intentar cortar la conversación.
Renata hizo un pequeño ruido desde la sala.
Yo no levanté la voz.
—No vuelvas a hacer eso aquí.
Diego retiró la mano.
Paula apareció en la entrada con Renata en brazos.
No intervino.
Solo se quedó ahí.
Diego miró a nuestra hija y entonces bajó el tono.
—Yo quiero seguir siendo su papá.
anoche que no voy a impedirlo.
—Entonces tenemos que actuar como adultos.
—Eso es exactamente lo que estoy haciendo.
Le expliqué que, mientras aclaráramos la separación y el dinero, necesitábamos acuerdos claros para las visitas, los gastos de Renata y el acceso a las cuentas que compartíamos.
No le amenacé con quitarle a su hija.
No intenté castigar a Daniela.
No llamé a su trabajo.
Lo que sí hice fue negarme a continuar viviendo como si nuestra familia siguiera funcionando bajo reglas que solo Diego conocía.
Él intentó negociar otra cosa.
—Puedo volver a la casa y dormir en el estudio mientras arreglamos esto.
—No.
—Es mi casa también.
—Anoche aceptaste irte y dejaste la llave.
—Porque mi papá me presionó enfrente de todos.
—La dejaste tú.
Eso le molestó más que cualquier insulto.
Porque era verdad.
Durante unos segundos miró hacia el lugar de la mesa donde había soltado
anoche que no voy a impedirlo.
—Entonces tenemos que actuar como adultos.
—Eso es exactamente lo que estoy haciendo.