Todos acusaban a mi esposo de preferir al gemelo mayor, pero algo no cuadraba: podía pasar horas abrazándolo y ni siquiera mirar al pequeño cuando lloraba. “Está bien, no voy a preguntarte más”, le dije. Esa noche preparé un sobre con muestras de uñas y cabello y lo envié a un laboratorio. Tres días después recibí el ADN; puse los papeles sobre la mesa y la reacción de mi esposo me confirmó que el verdadero escándalo apenas comenzaba.

A veces sentía celos al verla tranquilizarlo.

Después me avergonzaba.

Ella no había robado a mi hijo.

Lo había amado porque se lo entregaron.

Exactamente igual que yo con Santiago.

Una tarde Mariana me confesó:

—Cuando el hospital llamó, pensé en negarme a la prueba.

—¿Por qué?

—Porque entendí lo que podían decirme. Pensé: si no sabemos la verdad, nadie podrá llevarse a Emiliano.

Me quedé callada.

—Mauricio hizo algo parecido.

Le conté las pruebas secretas.

Su silencio.

La forma en que había ignorado a Mateo.

Mariana quedó horrorizada.

—¿Todavía confías en él?

—No.

Respondí demasiado rápido.

—¿Todavía lo amas?

—Sí.

Ella asintió.

Entendía perfectamente que eran dos preguntas distintas.

Mauricio, mientras tanto, siguió reconstruyendo su relación con Mateo.

Había días en que Mateo no quería sus brazos.

Mauricio ya no se ofendía.

Se sentaba cerca.

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