Esperaba.
Jugaba con él.
Un día, mientras Mauricio entraba a la sala, Mateo extendió los brazos.
Mauricio se quedó congelado.
—¿Es para mí?
—No veo a nadie más —respondí.
Lo cargó.
Mateo tocó su cara con una mano.
Mauricio cerró los ojos.
—Hola, chaparrito.
Esta vez Mateo no lloró.
La persona que reaccionó peor a todo fue mi suegra.
En cuanto supo que Santiago no compartía nuestra sangre, dijo:
—Entonces tendrán que devolverlo.
La miré.
—¿Devolverlo?
—A sus verdaderos padres.
—Durante cinco meses lo llamaste “mi príncipe”. Dijiste cien veces que era idéntico a Mauricio.
—Estábamos equivocados.
—¿Y eso borra los cinco meses?
Teresa cruzó los brazos.
—Ahora ya sabemos que no es de nuestra sangre.
Mauricio se levantó.
—Mamá, vete.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué?
—No vuelvas a hablar así de Santiago.
—Pero Emiliano es tu verdadero hijo.
Mauricio miró a los tres bebés.