Todos acusaban a mi esposo de preferir al gemelo mayor, pero algo no cuadraba: podía pasar horas abrazándolo y ni siquiera mirar al pequeño cuando lloraba. “Está bien, no voy a preguntarte más”, le dije. Esa noche preparé un sobre con muestras de uñas y cabello y lo envié a un laboratorio. Tres días después recibí el ADN; puse los papeles sobre la mesa y la reacción de mi esposo me confirmó que el verdadero escándalo apenas comenzaba.

—Tenemos que hacerlo.

—Siento que lo estoy abandonando.

—No lo estás abandonando.

—Pero se va.

—Sí.

Se sentó junto a mí.

—Lo amo.

—Lo sé.

—Y di por sentado a Mateo porque sabía que era mío.

Lo miré.

—Sí.

—Pensé que siempre estaría ahí.

—Sí.

—Y lo lastimé.

—Sí.

No suavicé ninguna respuesta.

Mauricio lloró en silencio.

—¿Algún día vas a perdonarme?

—No lo sé.

Asintió.

—Pero tampoco quiero verte pidiendo perdón durante veinte años —añadí—. Quiero verte cambiar.

Le señalé la habitación donde dormía Mateo.

—No me lo prometas. Demuéstralo.

El cambio fue durísimo.

Cuando Mariana tomó a Santiago, él me miró y estiró una mano.

Sentí que se me partía el pecho.

Besé sus dedos.

—Mamá está aquí.

Mariana comenzó a llorar.

Yo también.

No sabía a cuál de las dos me refería.

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