—Tenemos que hacerlo.
—Siento que lo estoy abandonando.
—No lo estás abandonando.
—Pero se va.
—Sí.
Se sentó junto a mí.
—Lo amo.
—Lo sé.
—Y di por sentado a Mateo porque sabía que era mío.
Lo miré.
—Sí.
—Pensé que siempre estaría ahí.
—Sí.
—Y lo lastimé.
—Sí.
No suavicé ninguna respuesta.
Mauricio lloró en silencio.
—¿Algún día vas a perdonarme?
—No lo sé.
Asintió.
—Pero tampoco quiero verte pidiendo perdón durante veinte años —añadí—. Quiero verte cambiar.
Le señalé la habitación donde dormía Mateo.
—No me lo prometas. Demuéstralo.
El cambio fue durísimo.
Cuando Mariana tomó a Santiago, él me miró y estiró una mano.
Sentí que se me partía el pecho.
Besé sus dedos.
—Mamá está aquí.
Mariana comenzó a llorar.
Yo también.
No sabía a cuál de las dos me refería.