Mateo también cambió.
Se volvió ruidoso, exigente y travieso.
Si Mauricio tardaba en cargarlo, protestaba.
Y Mauricio iba.
Siempre.
El hospital terminó admitiendo toda la cadena de negligencias.
No había sido una sola equivocación.
Había sido una pulsera mal colocada, una verificación omitida, un registro confuso, una advertencia ignorada y varias personas decidiendo que alguien más resolvería el problema.
Ambas familias demandamos.
No buscábamos venganza.
Queríamos responsabilidad y protocolos que impidieran que otra familia viviera aquello.
Hubo compensaciones para los niños, terapia, revisiones de procedimientos, identificación electrónica doble y obligación de informar inmediatamente cualquier discrepancia.
Nuestro matrimonio tardó mucho más en recuperarse.
En terapia, una psicóloga le preguntó a Mauricio: