Había llorado con su primera fiebre.
No necesitaba compartir mi sangre para sentir que era mío.
Pero en algún lugar había otro bebé.
Mi bebé.
Llamé inmediatamente al hospital.
En cuanto pronuncié las palabras “posible intercambio de recién nacidos confirmado por ADN”, dejaron de transferirme entre departamentos.
Una hora después habló conmigo la directora médica.
—Señora Ramírez, hubo otro niño varón nacido esa misma noche.
Sentí que me temblaban las manos.
—¿Cuánto después?
—Veintisiete minutos.
—¿Encontraron alguna irregularidad?
El silencio duró demasiado.
—Existe una anotación relacionada con una pulsera de identificación que tuvo que ser reemplazada.
Me senté.
—¿Ya hablaron con la otra familia?
—Estamos intentando contactarla.
—¿El niño está vivo?
La voz de la doctora se suavizó.
—Sí. Según nuestros registros, está sano.
Cerré los ojos.
Vivo.
Sano.
Mauricio llegó cuando yo terminaba la llamada.