Todos acusaban a mi esposo de preferir al gemelo mayor, pero algo no cuadraba: podía pasar horas abrazándolo y ni siquiera mirar al pequeño cuando lloraba. “Está bien, no voy a preguntarte más”, le dije. Esa noche preparé un sobre con muestras de uñas y cabello y lo envié a un laboratorio. Tres días después recibí el ADN; puse los papeles sobre la mesa y la reacción de mi esposo me confirmó que el verdadero escándalo apenas comenzaba.

—¿Pensaste en la madre del otro bebé? —pregunté—. Porque si Santiago está aquí, nuestro verdadero hijo podría estar con otra familia.

Mauricio no respondió.

—¡Contéstame!

—Sí pensé en ella.

—¿Y?

—No pude arriesgarme.

Miré hacia el cuarto.

Mateo estaba despierto en su cuna, mirando hacia la puerta.

Recordé cuántas veces había seguido a Mauricio con aquellos ojos mientras su padre pasaba frente a él sin detenerse.

—Tú no protegiste a Santiago —le dije—. Castigaste a Mateo.

Mauricio se cubrió la cara.

—Lo sé.

—No. Lo sabes ahora.

Aquella noche lo mandé a dormir al sofá.

Al día siguiente envié al laboratorio una muestra mía y otra de Santiago.

Tres días después llegó la confirmación.

Santiago tampoco era mi hijo biológico.

Lloré hasta quedarme sin fuerzas.

Yo había amamantado a ese niño.

Había pasado noches comprobando si respiraba.

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