Y con el tiempo comprendió algo que nunca volvió a olvidar.
Quien ama a otra persona no necesita aislarla para convertirse en indispensable.
No necesita convencerla de que todos los demás se han ido.
No necesita transformar su dependencia en una prueba de amor.
Porque algunas de las peores traiciones no llegan de alguien que parece enemigo.
Llegan de quien sostiene tu mano durante años mientras se asegura, en silencio, de que tengas miedo de caminar sin él.