Me quedé quieta.
No había sido amor.
Había sido cálculo.
Yo no era su esposa. Era una llave para llegar al dinero de mi familia.
A las dos de la tarde, Sebastián entró con un ramo marchito y un abogado demasiado joven para fingir seguridad.
—Mi amor —dijo, acercándose a mi cama—, esto se está saliendo de control. Firma y nos vamos a casa.
El abogado dejó los documentos sobre mis piernas.
La primera página decía que yo renunciaba a cualquier acción legal. La segunda afirmaba que la lesión había sido accidental. La cuarta transfería a Sebastián todos los regalos de boda, incluyendo dinero, joyas y depósitos.
Sentí ganas de reír.
No por alegría.
Por la pureza absurda de su descaro.
—Necesito leerlo —murmuré.
Sebastián se inclinó hacia mí. Su voz perdió el barniz.