—No tienes opciones, Lucía. Tu sueldo de museo no paga ni el primer especialista de ojos. Firma antes de que me enoje.
La puerta se abrió.
Entró mi madre con traje negro, impecable, seguida por un detective ministerial, el director jurídico del hospital y el jefe de oftalmología.
Sebastián parpadeó.
—¿Qué es esto? ¿Por qué viene tanta gente?
Mi madre puso sobre la mesa una vieja placa de fiscal federal retirada.
El sonido metálico llenó la habitación.
—Porque a diferencia de tu abogado de pasillo —dijo ella— yo sí sé cómo se preserva evidencia para una imputación penal.
El detective tomó la memoria con el video.
—Señor Landa, salga al pasillo conmigo.
Sebastián volteó hacia mí, pálido.
—Lucía, diles que fue un accidente. Diles que te caíste.
Me quité lentamente los lentes oscuros.
Mis ojos estaban rojos, hinchados, casi irreconocibles.