“Una mujer sin apellido, sin dinero y sin clase no dura ni un día en esta familia”, me escupió mi suegra antes de levantar el atomizador y dispararme desinfectante industrial directo a los ojos.
Yo llevaba menos de veinticuatro horas casada con Sebastián Landa.
La noche anterior, en una boda elegante en San Pedro Garza García, todos habían brindado por nosotros. Mi suegra, Beatriz Landa, sonreía frente a las cámaras como si me hubiera aceptado. Mi esposo me tomaba de la cintura, me llamaba “mi vida” y prometía cuidarme hasta el último de sus días.
Pero esa mañana, en el vestíbulo de mármol de la mansión Landa, entendí que las promesas también podían pudrirse en una sola noche.
Yo estaba junto a la puerta, con mi maleta pequeña en la mano. Me iba al departamento que Sebastián y yo habíamos rentado en Monterrey, porque jamás quise vivir bajo el techo de su madre. Beatriz apareció vestida de blanco, con joyas enormes y esa expresión de señora acostumbrada a que todos agacharan la cabeza.