—Mira nada más —dijo, mirando mis zapatos sencillos—. Todavía hueles a pueblo.
No respondí. Había aprendido desde niña que la gente soberbia se revela más cuando una guarda silencio.
Sebastián bajó las escaleras acomodándose el reloj.
—Mamá, no empieces —murmuró, sin verdadera intención de detenerla.
Beatriz soltó una risa seca.
—No empiezo. Limpio.
No vi el atomizador hasta que lo tuvo frente a mi rostro.
El líquido me golpeó como fuego blanco. Entró debajo de mis párpados, me quemó la piel, la garganta, la respiración. Grité su nombre.
—¡Sebastián!
Por un segundo creí que me iba a ayudar.
Me equivoqué.
Sus manos me sujetaron los brazos. Fuertes. Frías. Me inmovilizó mientras yo trataba de cubrirme la cara.
—Ya, Lucía, no exageres —dijo con fastidio—. Es desinfectante, no ácido.
Beatriz volvió a rociarme.
Sentí que el mundo se rompía en pedazos borrosos.