Un mensajero llegó con una carpeta de una notaría, pero mi suegra se la arrebató y dijo: “Es publicidad”. Esa noche, mientras todos dormían, vi los documentos debajo de una puerta cerrada y entendí por qué mi esposo llevaba semanas insistiendo en que firmara “por su negocio”.

Horas después recibió una llamada de doña Rosario, una vecina que había conocido a su abuela.

—Natalia, tu suegra anda diciendo que el departamento lo compró Diego y que tú quieres quitárselo. También dijo algo de que pronto todo quedará “arreglado legalmente” y entonces tú tendrás que hacerte a un lado.

Natalia sintió un escalofrío.

Esa tarde regresó antes de lo habitual.

Al llegar a su puerta escuchó a Diego y a Leticia hablando adentro.

Sacó el teléfono.

Activó la grabadora.

Y acercó el aparato a la puerta.

—Primero que firme el poder —decía Leticia—. Tú dile que es para tramitar el crédito del negocio.

—¿Y si empieza a leer?

—No le des tiempo. Le metes los papeles entre los demás. Después formalizamos lo de la mitad del departamento y ya no podrá tratarte como si fueras un arrimado.

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