Natalia sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Su esposo no quería su tarjeta.
No quería cinco mil pesos.
Quería su casa.
La herencia de su abuela.
Y pensaba conseguirla engañándola con su propia firma.
Natalia guardó el teléfono y metió la llave en la cerradura como si no hubiera escuchado nada.
Todavía ignoraba hasta dónde habían llegado Diego y su madre.
Y no podía imaginar lo que encontraría esa misma noche detrás de aquella puerta cerrada.
PARTE 2
Cuando Natalia entró, Diego cambió inmediatamente de expresión.
—Ah, ya llegaste. ¿Por qué tan temprano?
—Nos dejaron salir antes.
Natalia caminó hacia la cocina procurando que no le temblaran las manos.
—Por cierto… ¿no que querías poner un negocio?
Diego miró a su madre.
—Sí. Precisamente de eso queríamos hablar contigo.
—¿Y qué necesitas?
Él sonrió por primera vez en días.