Se formalizó su préstamo para las clases y las prácticas.
Yo seguía siendo un niño; no podía manejar una máquina así por mi cuenta. Pero podía visitar el taller en las actividades autorizadas, observar y continuar aprendiendo.
La primera vez que entré después de su instalación, encontré una pequeña placa en el cabezal.
Llevaba el nombre de Anselmo Ordóñez.
Debajo decía: Tornero.
Pasé los dedos por las letras.
Recordé el cubo donde me sentaba en su taller, el olor del aceite y su voz pidiéndome que mirara una pieza antes de intentar tocarla.
Durante mucho tiempo pensé que mi abuelo solo me había enseñado nombres de herramientas.
Aquella mañana entendí cuánta atención había puesto en enseñarme también a esperar.
Guardé la libreta de los precintos junto a su caja de puros. Dentro seguían los alicates y aquel pequeño sello gris que me había mostrado años atrás.