Reconocí el cabezal, la bancada y el carro. Era un torno, mucho mayor que los del taller de mi abuelo Anselmo, donde había pasado tantas tardes aprendiendo a distinguir las herramientas.
El subastador bajó el precio una y otra vez.
Nadie levantó la mano.
Ramiro Escudero, dueño del desguace más grande de la comarca, explicó en voz alta que mover aquello costaría más de lo que valía.
Los demás asintieron.
Yo me había acercado para mirar unos pequeños sellos grises que sujetaban las tapas.
Cada uno llevaba un ancla.
Mi abuelo guardaba uno parecido en una caja de puros. Me había contado que ciertas máquinas se protegían y sellaban antes de almacenarlas.
También me había advertido que un sello entero conservaba información que podía perderse al cortarlo.
—Sesenta euros —dije.
Era todo lo que había ahorrado ayudando en los huertos del vecindario.