El martillo cayó.
Después llegaron las carcajadas.
Ramiro me ofreció cien euros si abría una tapa y encontraba algo aprovechable.
Negué.
Fermín se acercó y escuchó mi explicación. Miró los sellos, luego la máquina y finalmente a mí.
—Tenemos que llamar a tu madre.
Mamá llegó con el uniforme de la residencia donde trabajaba.
No me gritó. Eso me preocupó más.
—Marcos, ¿cómo vamos a trasladar esto?
Fermín respondió antes que yo.
Se encargaría del transporte. Años atrás, mi abuelo había ayudado a sacar a su hijo de un camión atrapado en una riada, y él nunca había olvidado aquel favor.
El propietario de la finca confirmó que la máquina procedía de una venta de material sobrante de la Armada. Su tío abuelo la había comprado décadas antes, pero nunca consiguió instalarla.